Como parte del permanente esfuerzo de este blog por continuar las investigaciones culinarias de campo (más bien de ciudad), el panel de expertos que dedica incontables horas a tan noble causa ha encontrado un curioso fenómeno alimenticio que realmente no llamaba la atención lo suficiente para estudiarlo a fondo, hasta que un lunes festivo cualquiera, mi hermano, reconocida autoridad en materia de manjares urbanos, presento los argumentos de rigor para apoyar el postulado que da nombre a estas líneas.
Citando al eminente sabio: “No sé que es, pero el patacón de playa no sabe igual a ningún otro patacón que te sirvan en la ciudad”. Procedimos entonces a la rigurosa aplicación del método científico que nos permitiera comprobar la veracidad de dicha afirmación: le chiflamos al pelao de la caseta y a medio camino le gritamos que se trajera una palangana de patacones, de manera que no faltara material para el trabajo. Obviamente, las normas Icontec exigen que en presencia de patacones, brisa y mar, estos se acompañen con su respectiva mojarra y arroz con coco, elementos que nos permitirán hacer la investigación extensiva a los grupos de proteína marina y granos de la dieta costeña.
Una vez culminada la sesión de degustación, llego el momento de formular las hipótesis que apoyan la afirmación, a saber:
1. Las barreras geográficas del territorio impiden la regularidad de la cadena de abastecimiento de los insumos de fritura, viéndose los productores del patacón en la necesidad de reciclar el aceite. Dicha actividad genera una serie de corpúsculos saborizados con la esencia los demás alimentos pasados por el elemento oleico que brindan al patacón la textura propia de “playa”.
2. La brisa marina desencadena una reacción eólico-oleica que ultimadamente reemplaza la sensación salina en el sentido del gusto por la misma sensación en el sentido del olfato, lo cual contrarresta la perdida de cloruro de sodio propia del mecanismo de transporte de la cocina a la mesa.
3. Cuando la concentración de granos de arena en los alimentos sobrepasa la barrera de las cinco partículas por millón, se confirma la regla de que la comida en la playa tiene menos del 0.001 por ciento de probabilidad de conservar el sabor original de la versión urbana.
Dadas las dificultades técnicas para la realización de este estudio y la calidad de los investigadores, no se acepta refutación alguna que no se apoye en un despliegue gastronómico que demuestre contundentemente que esta teoría no es más que un fenómeno nostálgico del imaginario Caribe.
Da gusto ver que la metodología que enseñan en la Universidad sirve para algo.
ResponderBorrarSe solicita un estudio a las alegrias. Puedo llevar tres maletas encima, pero siempre que este cuerpito va a esas tierras, se trae al menos unas 10 de las grandes, porque las de Rolandia no saben igual.
PD
Si ud es un cachaco que no tiene ni fucking idea de lo que es una alegria, le informo que es una bola de maiz con melao.
Gracias por el dato Carolina.
ResponderBorrar