martes 13 de diciembre de 2011

La última hoja del cuaderno

-Para Nathy
Escribo esto para que no se me olvide ese día ventoso de enero de las empanadas del Lourdes en el  que hicimos la investigación más divertida para mi libro y luego, jartando deditos con gaseosa, nuestras historias se iban contando la una a la otra hasta que abriste tu cuaderno y de la ultima pagina salió un haz de juventud que me lleno de un sentimiento de posibilidades que hacía rato no sentía.
No sé ni por dónde empezar. Tengo un par de amigas que llamo hermanas porque llevamos una vida entera unidas por el cariño y los recuerdos de haber crecido juntas aunque cada año que pasa tengamos más probabilidades de ganarnos la lotería que de volvernos a ver. También tengo una cuñada que llamo hermana por ser la mama de mi sobrina y el amor de la vida de mi hermano, lo cual es suficiente para quererla. Siempre pensé que de haber tenido una hermana en casa, habría sido como ella, y habríamos pasado eternidades peleando hasta ser capaces de entender que la familia debe estar unida a pesar de que las personalidades sean tan similares como el agua y el aceite. A la mama de Isabella me une un pasado circunstancial, colmado de coincidencias casi realizadas que literalmente me dieron en la cara cuando mi hermanito me contó quien era su novia. Además de las razones obvias del presente, a ti me une un futuro que se me iba volviendo borroso con los quehaceres de "ser adulta" asi fuera obligada. Te veo y me recuerdas a mí misma, hace una cantidad indecible de años, con las mismas dudas y expectativas pero con mucha más ilusión y determinación que yo.
Entonces pase tiempo contigo, llegué a conocerte porque me abriste tu corazón y tu mami me recibió en tu casa como una hija mas y yo me resistía a creer que tal vez si me habría gustado crecer con una hermana que compartiera intereses, opiniones y sobrinos dentro del marco de la ley. Admiro tu valor de expresarte sin miedo en un papel y envidio tu capacidad de crear tus historias sin reservas o temor a fallar. Tu entusiasmo por la escritura es contagioso al punto que me hiciste volver al cuaderno y a usar la mano y el plumero. Cada conversación contigo es una fuente de inspiración para seguir con mis bobadas literarias; me instigas ideas y me motivas a no dejarme ganar los desafíos de mil palabras asi sea a punta incoherencias.
Tengo mucha gente a quien agradecer en esta tarea de escribir, desde mi abuelita que me regalo las primeras letras, pasando por mi mama que nunca me negó un libro, mi tía que me dio el ejemplo de la redacción y ortografía y hasta mi papi que me logro heredar y alimentar el cromosoma de hablar mierda. Por no mencionar a mi esposo que me regalo la herramienta y me cedió la privacidad de apoyar mis momentos de intimidad con Microsoft Word.
Pero tú te ganaste una parte diferente del agradecimiento, tu eres el soplo de brisa fresca de pre carnaval en la esquina del Romelio cuando el calor agobia y lo único que quieres es subirte a un zapatico y arrancar para la casa. Tu eres ese detalle obviado en el maremágnum de información que me bombardea cuando las ideas me atropellan tan rápido que no sé ni a cual pararle bolas primero. Tu entiendes la necesidad de escribir a una edad a la que yo todavía no lograba comprender otra forma de expresarme que no fuera siendo rebelde. Tu encontraste tu don pronto y por eso te envidio pero también siento la imperiosa necesidad de apoyarte y animarte a no ponerte limites más que los de tu propia imaginación.  Tú me regalaste un nuevo impulso con el ímpetu de tu juventud y me asomaste a un alma llena de sentimientos puros que este mundo a veces no me deja ver.
Eres mi hermana intelectual, demente y divertida, de la cual ya me siento orgullosa.  Aunque la distancia nos separe y tal vez no te vea en persona por un buen tiempo, quiero dejar por escrito que te quiero y que siempre estarás a un email de encontrarme cuando me necesites. Sonará a cliché pero no quiero que cambies, solo que mejores, tienes una cabeza muy bien puesta  en los hombros y unos pies que se despegan del suelo lo justo para soñar lo que puedes lograr. Te pido que no dejes nunca de escribir, asi sea en privado, ese es solo uno de tus muchos talentos pero es el que va a trascender mas allá de los límites de lo que no puedes controlar y es por lo que serás recordada por las generaciones posteriores a la de nuestra sobrina. Por no mencionar que Is tiene dos tías que disfrutan su arte y ojala le sirvan de ejemplo para no dejarse convencer de ser algo que no quiere.
De momento mi promesa es seguir llenando cuadernos cuadriculados y hojas de Word, contar las historias que tengo en la cabeza y disfrutar cada momento del proceso, desde la escogencia del cuaderno hasta la sacudida del plumero que se le va acabando la tinta. Entonces aquí están estas mil palabras, para conservar un momento de autoctonía y criollez , para preservar un viaje al pasado a la velocidad de la luz en una nave de papel con motor de garabatos de bachillerato que representan las nimiedades de la adolescencia, pero que fielmente esconden el tesoro de las ideas bajo mantos menos intelectuales.  Es como tener una máquina del tiempo que va a hacia atrás en las ultimas paginas y hacia adelante en las de en medio donde viven tus personajes y se mueven por los sitios que tus pies recorren.
Habré perdido mis cosas materiales, mis ideas por escrito y buena parte de mi closet, pero encontré una hermana que es un tesoro mas valioso que los que se puedan pagar con tarjeta y desde ya tienes garantizada la impresión y publicación de tu libro cuando sientas que es el momento indicado.

jueves 1 de diciembre de 2011

Gringos Playeros

Hoy otra vez corrí al mar sin parar, no lo puedo evitar, apenas piso Barcelona, mis pies me llevan a la orilla y ya aprendí que no vale la pena protestar. Sé que es primero de Diciembre, sé que mas arriba en la Rambla ya esta el mercado de Navidad y los caganers que van a adornar los pesebres familiares este año me estan esperando para ayudarme a deshacer de estos euros tan pesados en el bolsillo, pero cruzando el paseo marítimo es como si Septiembre no se hubiera ido nunca, el sol radiante y el mediterráneo azul indescriptible me obligaron a quitarme las botas de invierno y masajearme los recuerdos con la arena extraña y fresca. El instante antes de tocar el agua me trajo el recuerdo de la hielera de New Jersey, pero el "mare nostrum" no se comporta así, y las olas espumosas no eran tan frías como anticipé.
Alucinaciones de expatriada llorona, me dije, pero a mi alrededor debía haber una convención de adoradores de la Barceloneta porque había suficiente personal para llenar un bus y varios de ellos, ejercitaban las artes natatorias como si fuera pleno agosto.
Entonces pensé que un día como hoy, hace ocho años, te extrañaba igual y las ansias de verte y estar contigo me traían a este mismo locutorio de la calle Nou de la Rambla a llamarte o escribirte, para recordar un dia de playa igual de "frío" en Ibiza, y como me gusta verte acomodarte el cordoncito de los shorts y que me pidas que te avise cuando darte la vuelta para broncearte parejo, asi el termómetro solo marque dieciocho grados.
Hoy habríamos corrido desde el Corte Inglés hasta una tienda de Quicksilver en Diagonal Mar para conseguirnos las tangalonetas al precio que fuera y poder llenarnos el culo de arena mientras los turistas de invierno nos miran como los locos que somos, gringos playeros que a cinco grados andamos en chancletas, a diez, nos subimos las mangas y a quince, pues mamamos el frío que sea con tal de coger colorcito.

lunes 24 de octubre de 2011

El manicure de cien dólares

A mis tiernos ocho o nueve años, la única manía que fastidiaba de esta servidora era la comedera de uñas. Asi como lo leen, no porque en la casa faltara dotación de chitos, boliquesos, snackys o gudis, simplemente porque al parecer la queratina digital resultaba más apetitosa que las meriendas escolares.
Pero no se aflijan, mi sabia abogada y madre, en uno de sus clásicos momentos de lucidez materna aplico la psicología directa y un día me llevo a observar de primera mano (literalmente) las consecuencias adultas de mi dieta onicofaga en los dedos de una señora que me llevaba varias décadas de ventaja en eso de ahorrarse una comida diaria mordisqueando la mano que da de comer. Santo remedio. Tan santo que en menos de dos meses ya las monjas del colegio tenían a mi mama sentada en la rectoría  ordenándole que me recortara esas garras y que me suspendiera el acceso al esmalte jolie de vogue vinotinto so pena de no ser admitida al día siguiente en clase. De nada sirvió el muy coherente argumento de mi mama de que prefería tener una hija que necesitara manicure semanal que una que necesitara terapia semanal para tratar la ansiedad o la pendejada que la impulsaba a comerse las uñas y que lo del esmalte era cuestión de estilo, además de invaluable vinculo entre madre e hija. Obviamente que una señora que no es madre si no de titulo más bien poco entiende lo de apoyar al fruto del vientre, ni yo misma me habría apoyado en esa época tampoco, pero para eso tenia y sigo teniendo la mejor defensora de mi personalidad que es la autora de mis días.
No mucho cambio en los años posteriores al episodio en cuestión. Mis uñas seguían ridículamente largas para mi edad, absurdamente bien pintadas y arregladas y mi mama seguía asistiendo puntual a las citas en la rectoría por X o Y motivo. Hasta que ya no me fue posible mantenerme los dedos organizados sin arriesgarme a descompletar lo del alquiler del piso, la tarjeta del metro, lo de las pizzas congeladas y el arroz de bolsita en Barcelona y decidí que el cortaúñas era mi amigo y no sufrí mas por mantener con que defenderme de otras gatas. Regresé a Curramba y como si los años en Barcelona no hubieran hecho mella en la capacidad de recuperación de los instrumentos de tintineo insoportable en superficies no porosas, volvimos mi mami y yo a la cita semanal con la lima y el cunchito de agua jabonosa. Hasta que me volví a ir y la dieta de McDonald's no se compara con la de la frutera de la Inmaculada en cuestión del aporte vitamínico al crecimiento de mis uñas. Entonces me toca ir a dejar medio cheque para que me inventen en acrílico lo que mi mami rescató de mi estomago hace tanto tiempo pero que el estrés y la ansiedad de ser adulta me volvieron a incorporar a la dieta. No es que se vea diferente, solo que cuesta más y no brindan tinto o aromática y mi mami no está para acompañarme y darme la terapia, o sea quitarme la pendejada a punta de sentido común.

viernes 16 de septiembre de 2011

Las reinas del mondongo

-En serio que no tiene nada que ver con cierto cumpleaños...

A veces me inunda la gratitud cuando pienso que siquiera no me toco posar ante cámaras digitales de súper resolución en ciertos eventos. No puedo sentirme menos que afortunada al saber que algunas imágenes mías se irán deteriorando en el amarillento pasar del tiempo hasta que ya no se sepa exactamente qué fue lo que paso ese día, ni que hacía yo ahí.
Todo esto a raíz de unas fotos de esas que las madres abnegadas guardan con orgullo de los logros de sus retoños y que me tropecé inocentemente en casa de mi cuñis-hermana mientras me servían coca cola en vasito de mermelada reciclado.  En ellas, una sonriente, dientona y flacuchenta futura doctora lucía un vestido de baño de color noventero fosforescente y posaba entaconada bajo unas ocho capas de polvo Nailen numero cinco. La de la foto profesional comprada a cinco mil sonreía mostrando al menos veintiocho de los treinta y dos dientes, y sin hacer esfuerzo de metida de barriga, daba el ángulo preciso para que ciertos músculos que hace rato no vemos ni sentimos dieran la forma perfecta de exceso en los noventas y carencia en los sesenta.  Ah, juventud divino tesoro, antes de que fuera la norma hacerse cirugías o de que las fotos fueran arregladas a punta de photoshop, nosotras logramos guardar la imagen de nuestra socialmente aceptada “belleza” al natural que cada año se nos escapa mas y mas. El nombre del evento me lo reservo para evitar regalar publicidad en este espacio, puesto que el internet para sacarlo no es gratis y el computador en el que escribo no se paga solo. Baste decir que en este país de reinados oficiales, naturales, vegetales, minerales y bacterianos, la que no es reina es porque no quiere.  De manera que en nuestra juventud ya algo lejana, la madre de mi sobrina y yo taconeamos la misma tarima bajo la estricta supervisión de la instructora de posado, sonrisa, caminada y voleada de cabello, a la cual le debemos que en lo que va del nuevo siglo, nunca nos hayan cogido mal parqueadas para una foto, por más que nos duelan los cachetes de esperar sonriendo que el fotógrafo le encuentre el botón a la cámara.
Que conste que no estoy demeritando la carrera real, al contrario, este escrito es un homenaje a las sacrificadas misses, que hacen esfuerzos inauditos para verse como barbies asi sea por unas horas y que gente bien fea les diga si se ajustan al modelo estándar de la época lo suficiente para ceñir la corona hasta que otra más joven y bonita la reemplace al año siguiente. Ahora las que logran mantener el look tras retirarse de las pasarelas merecen mención de honor, y las que encima de todo viven de pelar el diente y mostrar las curvas, mis respetos, que eso no es nada fácil.
Pero mirando detenidamente esas fotos, pienso que tal vez en mis años mozos le di demasiada importancia a tener una imagen aceptable y adecuada, porque hoy me miro al espejo llena de huecos y de tinta y la sonrisa dientona revela una felicidad diferente, la de saberme soberana absoluta de las cosas que solo me importan a mí. Y la de la otra reina muestra la altivez de la corona de madre de la que ya nos empezó a reemplazar como centro de las fotos familiares.

viernes 2 de septiembre de 2011

La sejuela o el no poder ir a Brooklyn


-El post de mi cumpleaños. No se aceptan exenciones de regalos o felicitaciones. Att. La Gerencia

Mi avanzada edad ya me permite ciertas "chocheras" de uso privativo de los que nos podemos llamar viejos.  No solo tengo el lujo de ser bicentenaria, sino que además aterrice en la cola de un decenio, por lo cual ya entrando en la quinta década de mi existencia me puedo dar el lujo de pararme de un buffet antes que me duela el estomago o largarme de un concierto antes de que se acabe simplemente porque me mamé sin temor a sentir que estoy perdiendo algo de la inversión.
Leyeron bien lo de la quinta década, se dice fácil pero el esfuerzo en realidad lo hicieron mis papas cuando decidieron permanecer jovencitos a pesar de la ancianidad de la hija. Que se hace evidente cada verano cuando llega la hora de mostrar un mercado que rápidamente se aproxima a la fecha de vencimiento. Ya pocas temporadas me quedan de minifaldas y shortcitos, muchas menos de vestidos de baño propensos a fallas de escenografía y ya contadas con el dedo las de ir a conciertos multitudinarios o a amanecidas discotequeras.
Ya había rememorado las escabrosas historias de un festival campestre demasiado adelantado para mis anticuados gustos musicales, pero como buena terca, todavía insistí en ir a ver unas bandas de esas "hipster" que todavía no son tan conocidas en estos lares, ni más ni menos que en Central Park, cuando ese parque lleva más años ahí que el Simón Bolívar, el Jaime Duque, el Suri Salcedo y el Venezuela juntos. Ahora resulta que Manhattan no está de moda y también llegué tarde a los planes de verano de una ciudad que supuestamente estaba siempre in. Hace como seis o siete años que la acción está en la localidad, intendencia, comisaria, caserío u asentamiento de Brooklyn, que llaman. Allá es donde va la muchachada local e internacional para todas sus necesidades de entretenimiento, pero yo obviamente, apenas me enteré la semana pasada y tal cual como la vieja amargada y maniática que soy, me fui en excusas para no arrimarme siquiera al lado del puente para acá (Manhattan), alegando que lo del puente para allá (Brooklyn) queda muy lejos, que no hay metro de regreso después de cierta hora (totalmente falso, según pude confirmar con gente que SI anda en metro, el servicio es de 24 horas para casi todas las líneas desde que algún Bush era presidente), y que tengo que trabajar al día siguiente.
Asi pues concluye esta perorata avejentada con el corolario de que no entiendo el dubstep, no sé como diferenciarlo de otros punchis y muchísimo menos se bailarlo, lo cual es suficiente para desinvitarme de las fiestas domingueras en Brooklyn, con tal de evitarle la pena ajena a mi muy moderna y joven cuñadita, que sabe exactamente cuales canciones van a estar de moda el próximo verano porque ya las tiene en el Ipod y fue a los conciertos gratis de esas bandas cuando solo ella las conocía. 

domingo 21 de agosto de 2011

Los teléfonos comunican a la gente


-Ja! Doble puntaje por apunte nostálgico y por sacarle sonrisa al lector con el título.
Ya había yo mencionado mis dudas con respecto al blackberry y últimamente un amigo versado en cuestiones tecnológicas no para de de hacer proselitismo de oposición desde su Facebook, jurando por esta vida y la otra nunca sumarse a la horda de zombies que no levantan la mirada del aparato ni para ir al baño. Es que el eminente embajador probablemente todavía desee conservar algo de su inmunidad diplomática y no estar tan disponible para las pendejadas que antes eran más divertidas en persona.
Mi mami me ha ido instigando la idea de alejarme del celular, pero es que yo soy hija del internet, le digo, yo no necesito la panela para hablar sino para estar online. Y sinceramente no me acuerdo cuando fue la última vez que me lo llevé a la oreja para tener una conversación de más de un minuto.
Pero si me acuerdo de esas armas contundentes de plástico de colores institucionales, de disco de pasta cuya resistencia era directamente proporcional a la distancia de la llamada y el origen directo del síndrome del túnel carpiano y de la sordera selectiva. Me acuerdo de esos cables enroscados que me generaron el desorden obsesivo compulsivo de tener que desenroscarlos a como diera lugar, aun a costa de desconectar la llamada que Telecom se tomaba su tiempo en concertar mientras los impulsos se seguían acumulando en la factura. También me acuerdo de cuando la gente llamaba porque tenía cosas que contar y eran urgentes, tanto como para no poder esperar verse en persona o mandar razón con otro ser humano. Cuando había que saber que decir en esos escasos instantes que la monedita alcanzaba a conectarnos con el otro lado y los cables coloridos se asomaban por las esquinas en sus ataúdes oxidados en su camino a las paredes de las casas.
De lo que no me acuerdo es de tener paciencia para escuchar o leer lo que necesito en un determinado momento, asi fuera a punta de fax modem con llamada pirateada al servidor de la universidad. Eso de esperar un día para que me confirmaran por teléfono o en persona que si recibieron un email en el que me gaste casi toda la capacidad del servicio en incluir un emoticón o la letra de colores, sinceramente no es lo mío. Tampoco era lo de dejar a los habitantes del inmueble incomunicados durante las ocho horas que el Napster pirata se echaba en bajar una canción que probablemente me saldría mas barata comprando el CD. Pero ya esas oscuras épocas de tortuguismo tecnológico están superadas. Hemos regresado a la simplicidad que Roddenberry soñó cuando equipó a la tripulación del Enterprise con los Motorolas de los sesentas, que con un escaneo rápido, le dan a uno la información necesaria para convertirse en experto instantáneo en el tema solicitado. Lo único que todavía espero, es poder teletransportarme también mandando la orden mediante el tricorder, menos mal que lo que tengo es tiempo libre.

sábado 30 de julio de 2011

La saqué barata...

Tan barata que casi tengo para regalar. Me pasa que llego tarde a todo pero no por impuntual sino porque el mundo se mueve mas rápido que yo. Por ejemplo: llegué tarde a las causas en las que creo, soy tan defensora de los derechos humanos como el que más, pero cuando aterricé en este planeta en mi configuración femenina, étnica, minoritaria, migratoria y global, ya la tarea estaba hecha. Ya las protestas se habían hecho y los sacrificios pagados con sangre ajena me permiten ufanarme de las circunstancias que apenas una generación antes me habrían marcado para el fracaso y la frustración.
Cuando entendí que cada persona es libre de escoger lo que le hace feliz, y que eso se manifiesta perfectamente en el acto de hacer del culo un florero, ya la constitución garantizaba derechos fundamentales sin discriminación alguna, y hasta la asamblea nacional llego tarde a esa conclusión porque los franceses llevaban siglos con el mismo son y hasta la ONU, que de vaina se pone de acuerdo para las reuniones, había hecho la declaración en la época en la que la idea de que yo naciera todavía estaba a un par de generaciones de distancia.
Nunca tuve el dilema de cuestionarme una fe que jamás alcanzo a permearme el cerebro, pero cuando me las tire de rebelde, ya el ateísmo era más viejo que cagar sentado y aunque mi familia no lo admita en público, seguro que secretamente esperaban que dictara mi propia creencia, o falta de ella en favor de intereses más edificantes...cosa que tampoco se materializó por aquello de que también llegue tarde para lo de los descubrimientos e inventos de las cosas que me gustaban, tan tarde que todo estaba estudiado, probado, refutado y recontra probado. Hawkins ya era viejo y tenia ene libros escritos cuando yo nací y ya ni a los gringos les interesaba volver a la luna.
Entonces no hubo necesidad de gastarle mucho cerebro a escoger la carrera con la que me ganaría la papa, obviamente tenía que ser administración de empresas porque algún negocio se me iba a ocurrir para revolucionar el microcosmos de las oficinas en mi calidad de súper gerente. El único problema era que ya en la universidad llevaban graduadas treinta promociones de a cincuenta colegas con la misma idea, y nada mas el primer día de clases había otros doscientos bollones igual de pretensiosos haciéndome la competencia. Pero bueno, algo se me tenía que ocurrir para destacarme en esa marejada de mediocridad, y terminé diciéndole a la competencia la de Bart Simpson: "Si tienen tele, ahí se ven", unas diez temporadas después de acuñada la frase, y me fui a los niuyores, a ser la colombiana numero tres millones doscientos ochenta y tres mil cuatrocientos noventa y dos en aterrizar en Queens desde que Colombia es Colombia y Queens es Queens. Que vaina, pero no me iba a dar por vencida tan fácil, asi que con las mismas me subí al metro y arranqué pal Village, que ya ni estaba de moda para ser rebelde pero igual allá me fui a hacer mi tatuaje, que es un arte más viejo que la biblia, y a pintarme el cabello de rosado cuando el tinte de colores ya lo vendían en las farmacias normales. Ya se me estaban acabando las opciones de ser pionera en algo, cuando se me ocurrió irme a Barcelona, porque en esa tierra extraña solo había otros cuatro millones de chibchas y se conseguían pandebonos mas cerca de mi apartamento en el Raval que de mi casa en Barranquilla.
A estas alturas ya me se me iba asaltando la duda de si iba a ser capaz de llevar la delantera en algo, pero sin desanimarme me dedique a cultivar el gusto por escuchar música, solo para descubrir que una buena parte de los cantantes de mi colección llevaban mas años chupando gladiolo que yo vistiéndome sola, y que las bandas que por fin tenía la oportunidad de ver en vivo en el primer mundo llevaban al menos una presidencia separadas a termino indefinido.
Yo soy la antítesis del hipster de mi generación, ese que conoce, hace y sabe de todo antes de que sea popular y perrateado. Asi que no me queda más que dedicarme al reciclaje, entre la realidad aplastante de no tener nada nuevo que aportar y la incapacidad absoluta que presento para siquiera mantenerme al día con lo que pasa en el mundo, lo único que me queda, lógicamente, es ponerme a escribir libros cuando las editoriales están en crisis y todos los días cierran una librería por falta de ventas, aquí estoy, reinventando la rueda, porque al fin y al cabo la saqué tan barata que sería un crimen no compartir estas bobadas regurgitadas de manera gratuita.