jueves, 19 de noviembre de 2009

El pelito fino alrededor del mundo

-Para las que nos toca mantenernos bellas con nuestra propia mano.

Como este blog se está volviendo cada vez mas internacional hoy vamos a tratar un asunto global, un tema que atañe a todo el que tenga la suerte de contar con una barranquillera en su vida. Si señores, me refiero a ustedes, los maridos “extranjeros” que a bien tuvimos levantarnos mis más queridas amigas y esta servidora. Entiéndase que extranjero es todo aquel nacido por fuera del perímetro que atienden los buses de Coochofal. Baste decir que junto al bollo de mazorca y el frozomalt, el sistema de castas capilares barranquillero es una de esas cosas imposibles de explicar a quien no lo ha vivido. En mi tierra las melenas se clasifican según el grado de dificultad de las maniobras estéticas que la propietaria ha de superar para ser firme candidata a modelo de propaganda de champú. En este orden de ideas, existen las cabelleras lisas y sedosas que requieren poco o ningún cuidado (no me alcanza el blog para agradecer a mis progenitores el esmero en el asunto) más que buen acondicionador y un corte para mantener la forma. Este es el popular “pelito fino” que no necesita secador y aguanta los ires y venires de las décadas sin dar mucho problema. Después vienen los cabellos complicados pero agradecidos, que con visitas regulares a la peluquería y unos momentos de diaria dedicación, fungen de finos sin mayor inconveniente. Por último podemos mencionar las melenas bravas, esas que requieren extensos tratamientos e inversiones millonarias constantes, y que a punta de motivación logran, aunque sea en seco, dar la talla y recompensar el sacrificio de las abnegadas, mas no resignadas victimas de sus caprichos retorcidos.

El mas mínimo asomo de insurrección capilar me es suficiente para tener la excusa de pasarme un rato en complicidad con mis socias mientras nos amansan las melenas a punta de masaje, cepillo o aguarrás si es preciso, y es por eso que no puedo dejar de relatar mi última visita a estos templos del peine precisamente por lo disímil de las necesidades de las clientas y lo exótico de las circunstancias que rodearon nuestra experiencia. Para empezar, como buenas divas curramberas, estamos acostumbradas a frecuentes encuentros en estos lugares invadidos por el vaho de la humedad robada, locales inundados de nubes de laca más densas que el nivel de testosterona de quienes en ellos laboran y atiborrados de cepillos y rulos de todos los calibres que, cual artillería, atacaran los mechones rebeldes que osaron dañarnos el acabado de súper modelos. También malacostumbradas estamos a los módicos precios de dichos afeites, puesto que por lo que aquí en mi nueva tierra nos cobran por asomarnos a la puerta del salón de belleza, en Barranquilla nos alcanza para salir enlacadas, empañetadas, con las garras organizadas y directo a comernos el popular heladito de Crepes & Waffles.

Mi última aventura estética me la proporciono la futura embajadora, distinguidísima funcionaria a quien tengo la fortuna de llamar amiga desde los tiempos del punto de cruz, quien no conocía el interior de una peluquería en la tierra del tío Sam por temor a echar a perder años de dedicación a su increíblemente bien acicalada cabellera en manos de cualquier irresponsable o inexperto en las lides del mantenimiento capilar. Dado lo delicado del asunto, puesto que perder la mejor representación diplomática que Colombia tiene por un mal tratamiento no tiene presentación en el ámbito internacional, se procedió a una ardua investigación y a la respectiva consulta en Google maps. Una vez acordada la logística, ese sábado lluvioso nos pegamos una madrugada de esas que no se justifican teniendo al marido al lado y en la puerta de un recomendado establecimiento de peluquería nos plantamos a la hora que abrían, preguntando por una señora cuyo nombre nos escribieron mal pero que nos aseguró tener vasta experiencia en “bregar con las morenas”, como ella eufemísticamente define el domar los pelos mas malditamente enroscados y malagradecidos y en sacar clientas satisfechas que siempre vuelven. Y así pasamos la mañana hambrienta, acompasada por los reggaetones mas inmundos que estos castos oídos han escuchado y salpicada por los lados B de la única banda que toca “hasta las 15”, mientras a la doctora le freían el cuero cabelludo bajo un secador tipo casco y su escritora favorita se repasaba los chismes de la farándula en medio de las obsesivas revisadas del Facebook. Toda esta vuelta por los 65 dólares mejor invertidos en la historia de las relaciones bilaterales entre mis dos naciones, puesto que la futura embajadora salió hermosa, con una sonrisa de oreja a oreja y yo conseguí tema para acabar la sequia literaria que me agobiaba.

4 comentarios:

  1. Dios...me has hecho parte del clan Pelito Fino. Yo paso por peluqueria para el cepillado de rigor, pocas veces al año, a saber.
    -Fiesta de fin de año,
    -cumpleaños,
    -despuntada del año,
    -algun evento que lo amerite.

    A mis amigas peloquieto, les recomiendo el jugo de piña para tan arduas labores. es efectivo a la hora de alisar rebeldes melenas con tendencias afro.

    Si no les funciona, por lo menos tendran un perfume dulzon que les atraera como moscas...a las moscas!!!

    ResponderBorrar
  2. Yo soy del clan intermedio, por eso ahora, que ando sin tiempo, me toca andar con la memela recogida, pero mi Gaby, si es de "pelito fino"...mas linda¡¡¡

    ResponderBorrar
  3. Después de leer esto sé que quiero a mi lado una niña de pelito fino donde trabaja el peluquero y de pelo quieto dnde trabaje yo.

    Y escribo esto para no ser el fugáz amante de pollino

    ResponderBorrar
  4. jajajaja Anita que inspirada eres... Yo no lograria narrarlo mejor. Para las crespitas como yo el salón resulta todo un ritual.. Por eso soy crespita resignada!!!

    ResponderBorrar