-Ahi perdonaran lo largo
Este septiembre que se atropella con los cumplidos en mi cedula tiene especial trascendencia en mi intrascendente andar por el planeta. Por fin, después de mucho anhelarlo, regreso a mi segundo hogar, del que me despedí apretando con todas mis fuerzas el nudo en la garganta para no romper a llorar cuando el oficial de emigración me pregunto porque me iba y lo único que se me ocurrió decir fue “por boba, o por loca” (allá el lector saque sus propias conclusiones). Lo que si no pude evitar fueron las 9 horas de ventanilla moqueada en clase turista de la versión europea de Aerorecocha, y mientras mi cuerpo se transportaba del verano mediterráneo al bochorno caribeño, todavía mi alma se aferraba a los pasamanos de un vagón de metro de la línea 3.
Es que mi otra ciudad también se instalo permanentemente en mi corazón desde que se abrió la puerta del Prat y el aire, entre antiguo y primermundista me invadió los pulmones junto con el humo de segunda mano del ejercito de candidatos cancerígenos que deambula por sus calles. Era simplemente el comienzo de una toma pacífica, de una revolución emocional y de un capitulo de mi historia que nunca quise cerrar. No voy a decir que fue un comienzo con pétalos de rosa y alfombras desenrolladas, llegar sin conocer es jodido, pero llegar sin ganas de conocer es peor, y así entre paradas de metro ignoradas, rutas de buses aleatorias y calles retorcidas y redundantes, el camino se hizo claro para estos pies ya despojados de las etiquetas que otros les pusieron, y superados los complejos imaginados de quien no se ama a si mismo lo suficiente como para entonar entre risas el “Maldito Sudaca” de Los Prisioneros y seguir tan campante Rambla abajo en busca de una calle que solo se conocía por una canción de Manu Chao.
Mi nuevo hogar me embrujo de la montaña al mar y en un solo recorrido de mis ojos por el laberinto entre dos ríos tome posesión espiritual de los medios de transporte para ser una con la cuadricula perfecta del abanico urbano y navegar las esquinas curvadas a tientas o siguiendo el rastro de una comida olorosa. La ciudad bajo mis pasos se me antojo mía, como una cita a la que me demore en llegar pero que de principio a fin me dejo llena de los recuerdos que ahora impulsan mis palabras y alimentan la ilusión de volver a verla, sentirla y dejarme envolver por la luz de la tarde que se cuela entre líneas de edificios y me señala el camino hasta la próxima sorpresa.
No importa cuántas veces la haya visto durante el tiempo que fui su ciudadana, o si estuve tentada a poner la mano en una baldosa hirviente de estival sol en el Passeig de Gracia para poder tener gravado en mi piel un diseño que me transportara inmediatamente a una parada del autobús que nunca llega. Mi ciudad seguía ahí, impertérrita, altiva y desafiante de quien no quiera entender que es el corazón de una nación distinta y orgullosa.
Marcharse nunca es fácil, con o sin garantía de regreso, ese salto al punto donde mirar para atrás ya no te muestra algo conocido no se puede explicar más que viviéndolo. No importa cuántas veces nos vayamos o que tan lejos. Pero volver resulto ser mucho más duro, otra vez la puerta del avión se abrió y la nostalgia me inundó al punto de desbordarse en una lágrima ahogada, que se recogió al volver a escuchar esa lengua bella y ser capaz de procesarla después de años sin pronunciarla. Mi ciudad me tenía reservado el verano que Paris me había negado la semana anterior y no bien habiéndome instalado en el hotel, sentí la imperiosa necesidad de correr hacia el horizonte y serpentear ansiosamente las callejuelas de la Barceloneta para comprobar que el mar seguía ahí, tan azul y tan mío como cuando lo deje.
Claro que ahora me toca compartir mi Barcelona con la horda de turistas que a diario la invaden, al principio pensé que me molestaba, me enajenaron los celos de compartir sus delicias con los no iniciados, o con los que una vez explicada la singular situación nacional todavía no se hacían a la idea de que se hablara algo distinto al español, pero después de una larga caminada por mi barrio, llena de recuerdos esquineros y rutinas añoradas me di cuenta que la ciudad de los turistas es simplemente la que sus mentes les deja ver y que no tenía nada que temer, puesto que los secretos entre mi ciudad y yo estaban a salvo, lejos de los mapas y los buses de dos pisos llenos de gente con cinturones-billetera. Simplemente me deje llevar por la colección de baldosas que todavía me sé de memoria, las rectangulares lisas (excelentes para el desplazamiento sobre ruedas), las cuadradas pequeñitas (el terror de los patinadores inexpertos) y las hexagonales de intrincado diseño de Gaudí, como todo lo que es fantástico de mi otro hogar.
El resto de mi vida me parecería aun poco para pasarla en casa, y justo cuando la realidad de tener que irme de nuevo se iba haciendo más pesada, dando esa última caminada de cara al mar con las ultimas luces del día, la cantaleta catalana de una señora activista me llamó inconscientemente hasta la mesita llena de cachivaches de la causa que más pesa en mi corazón y me regaló parte de la cantaleta con la sonrisa de quien premia el esfuerzo de los que balbuceamos por puro amor al arte la lengua del sitio con el que soñamos a diario, con unas calcomanías de la Plataforma per la Llengua que atesoro como si fueran mi tiquete de regreso. Entonces pensé que algún día yo voy a ser esa señora parlanchina, cuando Barcelona ya no sea un recuerdo sino mi vida otra vez, y me queje de la cotidianidad y de lo divino y lo humano mientras reparto calcomanías o banderitas un 11 de septiembre por la Rambla, con eso tengo.
Oda al amor.
ResponderBorrarSi.
Al amor por tu tierra.
No digo segunda, porque al parecer tienes una perfecta simbiosis entre la que te vio nacer y la que te vio coger el mundo a manos llenas.
estamos nostálgicos por lo visto...
ResponderBorrarAh caraxos! sin palabras
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