viernes, 14 de enero de 2011

Excursion al dos de Enero

Habiendo tenido mi hermano a bien emparentarme con santandereano de parte de esposa, la idea de visitar el balneario de UNDECO más cercano me resulto apenas apropiada, dada mi afición a conocer lugares exóticos y probar los manjares propios de sus bordillos.
Así terminamos pasando un par de días en el rodadero, para tener foticos de mi sobrina en una playa diferente a la de tonos de gris de Salgar y visitar el parque Tayrona, el cual conozco de memoria de las clases de ciencias naturales del colegio pero nunca había pisado teniéndolo tan cerca, para vergüenza de mi amplio currículo de viajera. Baste decir que el lugar es impresionante, desde el punto de vista turístico pero sobre todo económico. Habiendo pasado ya por varios lugares reconocidos como trampas para turistas y estando acostumbrada a negociar desde almuerzos ejecutivos hasta fotos con camellos en todo tipo de terreno pensé que tenía las herramientas suficientes para enfrentar el juagadero de por mi casa sin mayor estrés. Pero que equivocada estaba, subestimé enormemente la malicia indígena para tumbar al turista sin discriminación de origen y olvide la sabiduría propia de mis raíces que me permitía navegar por estos lares con la billetera más o menos intacta.
Pero no fue así, por primera vez en mi vida sufrí la mitad dolor de responder pecuniariamente  por más de dos pasajeros en plan turístico, la otra mitad la sufrió mi hermano en plan de padre de familia y adulto responsable. Aunque no vale la pena ni quejarse, pasamos un rato inolvidable en un lugar paradisiaco y nos quedaron (espero yo, todavía no he visto) algunas fotos irrepetibles, pero cero billete. Mis últimos fondos se fueron en un raspao abusivo, una torta de choclo con una laja de queso que parecía carnada para trampa de ratón y unos mangos biches con sal asoleados hasta las cuatro de la tarde. Mi cuñada-hermana, decidió deshacerse de unas emberas que le sobraban haciéndole las populares trencitas a mi sobrina, revelando así su naturaleza búcara  y despojando a la inocente niña de cualquier asomo de costeñez que nos hubiera podido dar la ventaja de al menos negociar precios más amables.
Lo más ofensivo de todo, fue el pintoresco vendedor de fruta playero, al cual le pregunte casualmente por el precio del mini platico que ofrecía, y mirando hacia los lados, como quien no quiere que nadie más se entere del precio que va a pronunciar y casi en secreto me dice: Cinco mil barras. A lo cual yo, más discretamente todavía le susurré en el más puro dejo de mi tierra: ¿Me vit-te cara e cachaca?

1 comentario:

  1. Me perdi. Ese atraco fue en el Rodadero cierto?
    Porque en el Tayrona tenemos la dicha de no encontrarnos con vendedores ambulantes. La mayoria no aguanta los 45 min de caminata forzada para llegar a Arrecifes, lugar mágico. Y de los que puedan llegar, ninguno resiste la hora que hay que caminar para llegar a lo que considero la embajada del cielo: Cabo San Juan.
    Es la playa perfecta, de granos de arena del tamaño de un arroz, de aguas azules y tranquilas, de brisa suave y acompasada...
    Amo el Tayrona. He acampado dos veces y la tercera vez que fui solo estuve un día, y sali con la promesa de volver una y mil veces.

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