Una de las cosas que todo exiliado extraña de curramba es lo fácil y económico que es mantenerse estéticamente presentable para la pasarela permanente de los círculos sociales a todo nivel. Me refiero a la omnipresente peluquería, sala de belleza, centro de estética o como quieran llamar al sitio donde uno va a que le empanadeen greñas y garras al estilo de moda.
La “pelu” es un sitio maravilloso, allí nadie más que uno mismo es responsable de los aciertos o desaciertos capilares, puesto que tras cordial saludo le sueltan a uno la popular pregunta “¿qué se va a hacer?” y, con esa sola frase indagan sobre la naturaleza del trabajo y de paso advierten que lo que pase, el cliente se lo buscó. Por no mencionar que es el sitio donde las “amigas” pueden ejercer su arte, ganarse la vida y ser ellas mismas sin temor al rechazo o a la violencia de género, así el género no esté totalmente definido.
Ni bien había pasado yo dos días en Barranquilla y ya estaba entrando a mi “pelu” favorita, donde me brindan aromática o tinto, me tratan como de la casa y me ejecutan todas las “cambambas” que se me han ocurrido con el cabello desde que mi mama me patrocinaba mechones un sábado para tener que mandármelos a tapar el lunes siguiente por aquello de las reglas del colegio. En fin, allá termine sucumbiendo a la tentación de ser mona otra vez. Luego de dos años de cuidar la melena, mantenerla alejada del peróxido, ignorar las propagandas de tinte e invertir cientos de dólares en acondicionadores, una vez más tenía la cabeza llena de hojitas de papel de aluminio mientras me contaban los últimos chismes de gente que no conozco y se enfriaba la aromática.
Ser mona no es fácil, señores pero ser mona barranquillera es un compromiso más serio que un matrimonio. Cualquiera se compra una caja de Igora y se la embadurna en el coco sin mayor ceremonia, pero el nivel de arte, experiencia e inversión que requiere sacar el mechero y darle el tono exacto, que no viene en caja alguna, solo se alcanza tras horas en el templo capilar. 10 horas exactamente en mi caso, tanto que alcance a zamparme un corrientazo pedido al restaurante de la esquina mientras esperaba que esta melena “diera el tono”. Sí que lo dio, hermoso y perfecto rubio currambero, tan perfecto que ahora desde el frio otoñal de New Jersey, me parece sacrílego tratar de emularlo a punta de Clairol en el baño de mi casa e irrespetar el arte de la falsedad tan baratamente.
De eso ya hace 4 semanas, la verdad de mi cabello ya se asomo detrás de las hebras doradas y yo me acabo de dar por vencida. Me retiro de las hordas de monas de mi ciudad, regreso a mis raíces negras y a no llorar por no tener quien me arregle aquí. Ya tengo los tarros de tinte, la tacita y unas bolsas del éxito para proteger las superficies porosas. Quién sabe, tal vez en otros dos años caiga en el círculo vicioso otra vez. Por ahora, si quiero terminar libros y seguir sacando blogs, más me vale que me ponga a escribir y no a tratar de ser mona por mi propia mano.
Foto.
ResponderBorrarRCN??? jajajaja
ResponderBorrarFoto.
ResponderBorrarObvio RCN. Si es medio doloroso en la cabeza, imaginense en la zona de recreo.
Ana de por Dios! No lo vuelvas a hacer.
Yo quiero ver fotos, uhmmm o tambien fue parte de la perdida?
ResponderBorrarVivi