viernes, 3 de diciembre de 2010

Mona Barranquillera

Una de las cosas que todo exiliado extraña de curramba es lo fácil y económico que es mantenerse estéticamente presentable para la pasarela permanente de los círculos sociales a todo nivel. Me refiero a la omnipresente peluquería, sala de belleza, centro de estética  o como quieran llamar al sitio donde uno va a que le empanadeen greñas y garras al estilo de moda.
La “pelu” es un sitio maravilloso, allí nadie más que uno mismo es responsable de los aciertos o desaciertos capilares, puesto que tras cordial saludo le sueltan a uno la popular pregunta  “¿qué se va a hacer?” y, con esa  sola frase indagan sobre la naturaleza del trabajo y de paso advierten que lo que pase, el cliente se lo buscó.  Por no mencionar que es el sitio donde las “amigas” pueden ejercer su arte, ganarse la vida y ser ellas mismas sin temor al rechazo o a la violencia de género, así el género no esté totalmente definido.
Ni bien había pasado yo dos días en Barranquilla y ya estaba entrando a mi “pelu” favorita, donde me brindan aromática o tinto, me tratan como de la casa y me ejecutan todas las “cambambas” que se me han ocurrido con el cabello desde que mi mama me patrocinaba mechones un sábado para tener que mandármelos a tapar el lunes siguiente por aquello de las reglas del colegio. En fin, allá termine sucumbiendo a la tentación de ser mona otra vez. Luego de dos años de cuidar la melena, mantenerla alejada del peróxido, ignorar las propagandas de tinte e invertir cientos de dólares en acondicionadores, una vez más tenía la cabeza llena de hojitas de papel de aluminio mientras me contaban los últimos chismes de gente que no conozco y se enfriaba la aromática.
Ser mona no es fácil, señores pero ser mona barranquillera es un compromiso más serio que un matrimonio. Cualquiera se compra una caja de Igora y se la embadurna en el coco sin mayor ceremonia, pero el nivel de arte, experiencia e inversión que requiere sacar el mechero y darle el tono exacto, que no viene en caja alguna, solo se alcanza tras horas en el templo capilar. 10 horas exactamente en mi caso, tanto que alcance a zamparme un corrientazo pedido al restaurante de la esquina mientras esperaba que esta melena “diera el tono”. Sí que lo dio, hermoso y perfecto rubio currambero, tan perfecto que ahora desde el frio otoñal de New Jersey, me parece sacrílego tratar de emularlo a punta de Clairol en el baño de mi casa e irrespetar el arte de la falsedad tan baratamente.
De eso ya hace 4 semanas, la verdad de mi cabello ya se asomo detrás de las hebras doradas y yo me acabo de dar por vencida. Me retiro de las hordas de monas de mi ciudad, regreso a mis raíces negras y a no llorar por no tener quien me arregle aquí. Ya tengo los tarros de tinte, la tacita y unas bolsas del éxito para proteger las superficies porosas. Quién sabe, tal vez en otros dos años caiga en el círculo vicioso otra vez. Por ahora, si quiero terminar libros y seguir sacando blogs, más me vale que me ponga a escribir y no a tratar de ser mona por mi propia mano.

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