domingo, 12 de abril de 2009

Los irrompibles

- Para mi hermano, en su cumpleaños y porque se me creció sin que yo me diera cuenta.

No tengo recuerdo alguno de mi primer par de zapatos, es decir, de esas imágenes brumosas en las que uno no sabe bien qué edad tenía y le toca confirmar con un adulto de la época; no sé ni siquiera si me los puse con medias o sin medias. Lo que sí recuerdo vívidamente y en alta definición es mi primer par de patines: bota blanca, franja vertical azul oscuro con letras blancas que decía “CHICAGO” y ruedas rojas semitransparentes con escarcha por dentro. Patinar es una de las cosas que más me gusta en la vida, no solo de coco sino también en superficies variadas. Me encanta calzarme cualquier cosa que me permita deslizarme sobre pavimento, baldosa, alfombra, hielo o grama a altas velocidades. Tan fanática soy que hasta el vestido de novia lo fui a recoger en patines y al hombro me lo eché desde el centro de Barcelona por todo el carril “bici” de la avenida Diagonal hasta mi apartamento. Antes de que el respetable se pregunte qué le puede importar si patino o no patino diré que estas cosas me vinieron a la cabeza después de enterarme de que una reconocida actriz falleció de un golpe en la cabeza mientras esquiaba en una loma para principiantes. Los medios de comunicación se encargaron de recalcar el hecho de que la buena señora no llevaba casco cuando se hizo a la nieve, aun estando consciente de su bisoñez. Este episodio me recordó que para poder andar en bicicleta en New York, los menores de edad deben por ley llevar casco, igual para las primeras clases de patinaje sobre hielo (esas en las que los papás se meten a la pista con los mocositos que no saben ni caminar bien todavía).

Estos pensamientos me provocaron una profunda angustia existencial, porque recordé que yo nunca en mi vida usé un casco, ni para manejar la motico “chapi” (chapi es la marca, no la condición del vehículo) que a veces mi papi nos conseguía, mucho menos para patinar, montar en bicicleta o desafiar el límite de regeneración de la piel de mis rodillas en el patio de mi colegio. La angustia vino porque pensé que, a mediano plazo, mi sobrina vendrá a visitarme, yo la llevaré a patinar en hielo y no sé si podré resistir que un empleado de la pista me recuerde que la niña necesita casco para poder entrar a patinar. ¿Cómo diablos sobrevivieron las generaciones anteriores a una niñez sin cascos? Es un misterio de la ciencia evolutiva y no tengo más que evidencia empírica para dar una respuesta. Mi hermanito hizo un gran aporte en las etapas tempranas de mi investigación, cuando decidió probar de primera mano, o más bien de primera cabeza que tan duro era el piso de la sala de mi casa y desencadenó un episodio sangriento digno de cualquier producción de George Romero pero con un final más feliz: el terminó anestesiado, arrullado por mi mami, con unos puntos en la frente y con un cuento que contar para las generaciones venideras. Nuestros primeros años estuvieron llenos de caídas, golpes, torceduras, quemones, intoxicaciones y otros incidentes que requieren primeros auxilios. En la clínica de fracturas de la carrera 51B de Barranquilla nos conocían de nombre propio y todo. Entre mi hermano y yo acumulamos varios meses de yesos en cada extremidad, nunca usamos cascos, ni rodilleras ni otros elementos de protección y aquí estamos todavía dando lora, el en directo y yo por escrito. Antes de llegar a los 12 abriles, mi hermano ya se había quebrado el mismo brazo en el mismo punto por ahí tres veces. Lo cual nos confirmó la increíble puntería que el menor de la casa tenía para los accidentes y que demostró plenamente cuando se clavó una puntilla oxidada en la planta del pie. Tal vez mis papas deberían haberle soldado un casco a mi hermano en la cabeza y así evitarle los horribles traumas por los que pasó en su infancia, pero seguramente no habría aprendido ni una lección de cómo levantarse tras una caída o de cómo tener más cuidado y fijarse donde pisa o simplemente desarrollar un sentido común que le evite cosas peores que suturas y pechiches de la mamá. Tarde o temprano todo el mundo se cae o se da su golpe, y el 99.99% de las veces, no va ha haber casco que mitigue el trauma o que evite el accidente, entonces ¿Por qué ahora necesito un casco si quiero ir a patinar después de llevar más años sobre ruedas que en tacones? ¿Será que lo que hay ahora en mi cabeza es más importante que lo que había hace 20 años? No creo. Simplemente estamos ante uno de esos cambios generacionales en los que es más fácil prevenir un golpe que tener que enseñar una lección. De momento anuncio a los padres de mi sobrina que apenas ella logre tenerse en pie por sí misma la llevaré a patinar en cualquier superficie que esté disponible, sin rodilleras, sin coderas y sobre todo sin casco. Prometo ilustrarla en una variedad de técnicas avanzadas para que no se caiga, pero si aún así se cae, se raspa o se rompe algo, la lección que aprenderá será más valiosa que el mejor equipo de protección que se le pueda comprar. Eso sí, la mamá tendrá que hacerse cargo de enseñarle a caminar en tacones.

4 comentarios:

  1. ayyyyy
    no de dolor, sino de recordar esa época. Mis adorados patines de bota de cuero color blanco, ruedas blancas y cordones cruzados negros...de mugre.
    Sin casco, sin coderas, sin rodilleras. Motivo de tantas horas de alegria, varios golpes sin consecuencias que lamentar y victimas del uso y el abuso de una infante loca por la velocidad.
    Y miren quien lo dice: mujer de 30 años menos 4 meses, madura, seria, responsable, que desde hace dos años para aca, se cae por sospecha, se raspa las rodillas, se vuelve mierda las manos y que mientras escribe estas lineas, esta presa de una ferula de yeso, por un esguince grado 3

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  2. Y que voy a decir... Simplemente brillante. Me recordaste aquella epoca cuando alcance a partir par baldosas del parque venezuela en sendas oportunidades a bordo de mis plantillas rollerderby a las que despoje de las negras botas para adaptarles par guayos marca power convirtiendo los patines para artistico en raudas maquinas para correr velozmente sobre cualquier superficie medio lisa. Eso si que no se atravesara ninguna almendra por el camino porque la esmierdada era epica....

    Saludos desde curramba un kiss JC

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  3. Yo nunca aprendí a patinar..de hecho, ni siquera camino bien, me lo paso en el piso la mayor parte del tiempo, es más, estando embarazada de Gaby me caí dos veces y nada paso, aún así, la Guambitica nació perfecta... de la bicicleta si me caí un montón de veces... como siempre, nuestra querida anita nos recuerda el contacto con el mundo, y que es la actitud y no la protección lo que nos hace salir adelante, es por eso, Anita,que ni tu, ni nadie de los que escribimos acá morimos por las "escalabradas" (o "descalabradas") que nos metimos y nos seguimos metiendo.
    Mil gracias a tiu por dedicar parte de tu tiempo a recordarnos nuestra infancia.
    Un gran abrazo de mi parte y miles de besos y sonrisas de mi Gigante4 Gaby...

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  4. Yo creo que tu hermano va a solicitar supervision de un adulto responsable cuando estes con isabella yo personalmente lo recomendaria aunque despues de ir a patinar sin casco, sin rodilleras ahh!! y sin casco pueden ir a nadar a un rio lleno de cocodrilos para rematar el día!!!! cabe anotar que no te presto a Mariana!!!! I love you

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