jueves, 25 de diciembre de 2008

Aquellos diciembres...

Para todos los que quisieran estar alla, pero decidieron estar aca.

Diciembre empezaba en noviembre, apenas terminaba el reinado plástico de Cartagena y toda la ciudad se vestía de luces con cualquier presupuesto disponible, y por radio anunciaban que se siente que viene diciembre en Olímpica Estéreo. Ya íbamos al colegio por inercia, con el aliciente de que empezaran las vacaciones, por los corredores se sentía la ansiedad de poder tirar los libros y joder los uniformes, pero sobre todo ese desespero de esta servidora por archivar, así fuera por un par de meses, los zapatos cerrados y las medias arrunchaditas. En fin, superar la prueba de asistir a las ultimas clases sin causar daños a la propiedad del colegio o hacerse poner matricula condicional, para mi significaba armar la maleta y arrancar para Cali a casa de mi abuelita. Una casa que para mis primos, mi hermano y para mi, era como un parque de atracciones permanente, en cada rincón había un juego, en cada esquina una travesura y en ese patio inmenso, montones de accidentes esperándonos en forma de piedras filosas, superficies resbalosas, animales portadores de infecciones varias, primos antipáticos y sobredosis de azúcar.
Diciembre era ida a la rueda o ciudad de hierro, con sus respectivas consecuencias gástricas. Horas de compras en La 14 de Cosmocentro decidiendo entre las carnes frías de Rica o de Zenu, según cual tuviera una oferta más atractiva, cargando dos carritos de supermercado con comida para ese mini regimiento que cada navidad se gastaba la cuota de paciencia de mi abuelo para el resto del año, además de doblar los pedidos de gaseosa por cajas que el camión de Coca-Cola dejaba semanalmente, hartar a los conductores con la cambiada de las tapas por las botellitas esas de colección y la consabida quebrada de una o dos botellas en manitos pegachentas del relleno de las galletas can-can de la merienda.
El 16 iniciaba la procesión diaria hacia casas, centros comerciales o cualquier parque para rezar la novena, que es el mejor negocio que la iglesia se ha podido inventar para convencer a los niños de rezar, no es 100% efectivo, puesto que algunos logramos resistirnos con éxito a los misterios dolorosos, pero nunca a las palanganas de buñuelos crocanticos, las bandejadas de natilla y a los ríos de gaseosa no dietética que corrían sin fin hasta altas horas de la noche (9 o 10 pm), cuando ya no quedaban ni los cunchos de las botellas de 1 litro de Popular, ni las astillas de canela que acompañaron la natilla. Y así por nueve días consecutivos, este ejercito de depredadores del frito, acompañado de al menos dos adultos “responsables”, iba limpiando las alacenas que encontraba a su paso, devorando indistintamente manjares típicos e importados, sin discriminación alguna contra la gelatina de pata o los chicles BubbleYum, pero sobre todo postergando la ida a dormir cada día mas, en previsión de un 24 que no acaba sino hasta el 25 en la mañana, porque eso de levantarse a ver que trajo el niño dios al otro día es para gringuitos educados, no para fierecillas colombianas que llevan semana y media jartando mecato como si fuera el fin del mundo.
Y llegaba el 24, con la bulla de los parlantes en las casas vecinas, las puertas abiertas, los niños correteando con chispitas mariposa y gastándose las meriendas o aguinaldos en pólvora de la que llevaba un señor en un carrito de supermercado, mientras los tíos buena vida rendían las botellas entre los asistentes y las tías alcahuetas despachaban mas viandas. Luego había que ir a misa de gallo, obligada, pero a esas alturas ya ni me importaba, porque la dicha de volver a la casa a ensuciar el “estren” y quemar pólvora aplastaba la insurrección teológica. Esas horas se iban volando, primero parecían minutos antes de poder ir a desenvolver regalos que la verdad ni siquiera eran tan importantes como poder pelearme la única bicicleta de la casa con mis primos, o bajar a las malas a uno de los menores del carrito de pedales solo para darme cuenta de que ya no cabía en el, o comer toneladas de papitas fritas Calima embebidas en la salsa rosada de mi tía Beatriz. Esas imágenes pasaron cada vez más rápido, en una sucesión tan vertiginosa que casi ni me di cuenta cuando ya no hubo casa ni abuelo, cuando menos gente podía venir a la fiesta, cuando prohibieron la pólvora, cuando se hizo peligroso estar en la calle jugando, pero sobre todo cuando había otras cosas para hacer además de estar en la casa en una fiesta de navidad. Tan rápido paso, que mi última navidad en Cali, fue en el siglo pasado, con una cena tan sencilla que no llegaba ni a la categoría de desayuno caótico con los primos de otras décadas. La última generación se desperdigo por el mundo, se reprodujo y entro a la etapa adulta, en la que ya no hay desorden ni correteadas, y mucho menos triqui-traques ni cebollitas. Y yo tuve que renunciar a estrenar sandalias para navidad porque el temor a perder dedos por congelamiento puede más que la nostalgia de las navidades tropicales de aquellos diciembres que nunca volverán.

5 comentarios:

  1. "...postergando la ida a dormir cada día mas, en previsión de un 24 que no acaba sino hasta el 25 en la mañana, porque eso de levantarse a ver que trajo el niño dios al otro día es para gringuitos educados, no para fierecillas colombianas que llevan semana y media jartando mecato como si fuera el fin del mundo."
    Buenisimo Anita. Es cierto. Aquí no hay talanquera o barrera que nos contenga para abrir los regalos antes de media noche...

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  2. jajajajajaja...
    buenmisimooooo
    y"en noviembre se siente q viene diciembre"
    jajajaja y donde me dejas la sirena no se si allá pero aca se oye

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  3. Que nostalgia tan berraca....
    sin embargo hay que gozarse lo que hay, asi que disfruta tu navidad como quieras pero disfrutala, piensa que algun dia podrás estar viendo hacia la Anita que eres ahora y pensar con nostalgia que seria rico vivir esta epoca de nuevo.

    MGÑ

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  4. creo que por mas que se pase acompañado de familia y amigos....... las navidades nunca serán como cuando eramos niños, en donde la ansiedad de saber que hay detrás de ese papel regalo nos comía por dentro cada 24 de diciembre........... pero igual, como dice Edwin... hay que gozarse lo que hay.... muy bonito Anita, me trajo gratos recuerdos

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  5. Nena super!!! la verdad es que esas epocas solo se pueden llevar en la memoria, los buscapies, los pikos a todo volumen, el monton de niños de la cuadra estrenando ropa y juguetes, la "caotica" cena navideña, las novenas, nojoda!!! muchas cosas, las cancion de los bukis..."llega navidad y yo sin tí en esta soledad", claro que todavia se escucha.... Amiga un abrazo te extraño....FELIZ AÑO!!

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